El otro día tuve una de esas charlas rápidas e improvisadas.
Ya sabes de qué tipo: nada demasiado profundo, un poco de charla trivial, fútbol, el tiempo... y luego un comentario fugaz que se me quedó grabado. Era sobre alguien que ambos conocíamos, un contacto mutuo al que le ha ido bien últimamente. "Le ha ido bien, ¿verdad?". Luego una pausa... "Debe ser majo". Ahora bien, no fue lo que dijo lo que llamó la atención. Fue cómo lo dijo. Había un tono, ese ligero matiz de envidia que a veces se oye. El tipo de comentario que sugiere que a alguien le cayó del cielo y le cayó en las manos mientras estaba ocupado sin hacer nada.
La cosa es que conozco al tipo del que hablaba. Y sé lo duro que ha trabajado para llegar donde está. Las vacaciones perdidas. Los fines de semana sacrificados. Los madrugones y los retrasos. Los riesgos y sacrificios. Los momentos que por fuera parecían fáciles, pero que por dentro le costaron caro. No fue algo que "simplemente pasó". Se lo ganó, poco a poco, tras años de trabajo.
Pero eso es lo que pasa con el éxito. La gente suele envidiar el resultado —los coches, las vacaciones, las victorias—, pero nunca el proceso . Quieren las recompensas sin el sacrificio. El resultado, sin la repetición. La vista desde la cima, sin la escalada. Es este sesgo el que nos hace subestimar el esfuerzo invertido por alguien, simplemente porque nos fijamos en el resultado, no en el camino recorrido. ¿Y cuándo hacemos eso? Es fácil dejar que la envidia se infiltre. Es fácil sentir que lo tuvieron más fácil o que, de alguna manera, tuvieron más suerte que nosotros.
Pero ese tipo de pensamiento nunca ayuda. Lo cierto es que el éxito de otra persona no debería irritarte ni desanimarte, sino inspirarte . Es la prueba viviente de que el progreso es posible. Que el trabajo duro puede dar sus frutos. Que no necesitas atajos, solo constancia. Así que la próxima vez que te sorprendas mirando lo que alguien más ha logrado, en lugar de pensar "debe ser bueno", intenta preguntarte: "¿Qué puedo aprender de eso?". Porque nadie se salta lo difícil. Cada historia de éxito que admiras tiene una versión que no viste: las largas noches, los errores, los momentos en los que casi se rinden. ¿Y si ellos pueden hacerlo? Tú también puedes.
En fin, esa es mi pequeña reflexión de la semana. ¿Y tú? ¿Alguna vez has convertido la envidia en inspiración?